
Ayer te vi en la parada del bus. Admiré tu silencio en la distancia, tu mirada perdida ¿en qué pensabas? Yo llevaba un libro y una tontería, la crisis de la tarde caía. Es el sol de enero que tiene pocas aspiraciones, luce un poco y piensa que ya ha cumplido. Pensé que cuatro horas después te vería, que tu cara triste y perdida en la parada del bus recobraría o fingiría una sonrisa amplia y tomando algo en la cena nos comeríamos el mundo. Pero estabas triste, te vi así por primera vez. Dejé de caminar y el frío me hizo entrar en un café, sí, el café de la esquina que sólo sirven té, que el lugar, una ruina. Tengo delante el tren, el mar y cuatro gaviotas que osan mirarse en los espejos de los charcos que salpican el camino que separa la playa del mundanal urbanismo. Hoy no hay paseantes, todos miran desde su ventana sin visillos. No se oye una palabra no se ve un alma. Algunas aves en el horizonte marino sí son almas que lleva el viento. La tarde se vistió para marcharse.
Justo nada más cruzar el muro vuela una sirena que lleva prisa de hospital y ahora entiendo que aquél ruido de las primeras horas, perdón aquella bomba lleva destrozos. El mercado quedó hecho añicos, y el colegio herido, y la calle maldita, y las casas se han caído y yo, impávida seguí caminando. Esto no es cosa mía, ni tuya ¿tuya?. Hay una plazoleta llena de niños y escombros, los dos a la misma altura, juegan, ríen y juegan, algunos cojean. Espabilados, ojos bien abiertos, los sueños no están rotos, nacen construyendo su vida y su esperanza. No sé cual es el punto donde comenzamos a odiar. Seguro que tiene fecha.
Me lo imaginaba, justo a las nueve apareces con una sonrisa y atrapas los aires con los brazos en alto, llegas y en lugar de darme un beso te limitas a abrazarme. Tú no sabes nada, ni recuerdas “la parada” ¿qué provoca este cambio de ritmo? ¿Qué te pasó? ¿a quién tocó esta vez? Nos sentamos, casi nada en la nevera. El celular no me sirve, podemos comunicarnos a gritos, pero no hay línea. Nuestro mundo, nuestro pequeño mundo tiene un problema de líneas. Un buen amigo entra sin llamar y sale sin despedirse, nada para cenar, un hilo de agua y otro de luz. ¡Que pena! estamos en guerra y sólo somos dos.
Justo nada más cruzar el muro vuela una sirena que lleva prisa de hospital y ahora entiendo que aquél ruido de las primeras horas, perdón aquella bomba lleva destrozos. El mercado quedó hecho añicos, y el colegio herido, y la calle maldita, y las casas se han caído y yo, impávida seguí caminando. Esto no es cosa mía, ni tuya ¿tuya?. Hay una plazoleta llena de niños y escombros, los dos a la misma altura, juegan, ríen y juegan, algunos cojean. Espabilados, ojos bien abiertos, los sueños no están rotos, nacen construyendo su vida y su esperanza. No sé cual es el punto donde comenzamos a odiar. Seguro que tiene fecha.
Me lo imaginaba, justo a las nueve apareces con una sonrisa y atrapas los aires con los brazos en alto, llegas y en lugar de darme un beso te limitas a abrazarme. Tú no sabes nada, ni recuerdas “la parada” ¿qué provoca este cambio de ritmo? ¿Qué te pasó? ¿a quién tocó esta vez? Nos sentamos, casi nada en la nevera. El celular no me sirve, podemos comunicarnos a gritos, pero no hay línea. Nuestro mundo, nuestro pequeño mundo tiene un problema de líneas. Un buen amigo entra sin llamar y sale sin despedirse, nada para cenar, un hilo de agua y otro de luz. ¡Que pena! estamos en guerra y sólo somos dos.
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