
No ha sido suficiente un verano para quitar de encima tanta carga emocional. La palabra te persigue y quiere que la ordenes. Mella los archivos de mi mezquina mente para liberar recuerdos y encontrar espacios nuevos. Y súbitamente apareces por todas las esquinas.
Las alpacas proyectan sombras y forman ángulos rectos en la Castilla plana, las rectas hileras huellas de las cosechadoras miran a un finito que invita a morder y escuchar los sonidos del agua próxima y limpia. Llega el cierzo, cae la tarde y el camarero vierte la cerveza en un tubo, el cristal suena en la barra de mármol de imitación, los chicos se van a la peña y los grillos entonan su “soul” nocturno. Cuando cerramos la noche vamos a ver estrellas a un descampado en medio de una cañada que está en medio de un bosque que está en medio de ninguna parte. En una noche limpia en Castilla, las estrellas están más cerca que de ninguna otra parte. A veces, sientes deseos de agazaparte, pequeño diminuto animal que te sientes en medio o debajo de esa gran bóveda azul-negra-estelar.
Pero los días son cálidos, si lo son, y un paseo a Caleruega se puede convertir en un viaje al infierno si de las horas altas se trata. Así presentamos el clima a nuestros amigos catalanes Sara y Lluís, un camino sin alforjas sin sombrero y sin trazas. La rusa nos vendió el periódico y el calor nos trajo una cierta mala hostia por no atinar en la decisión ¡hay que salir temprano!
Como cada año no puede faltar la visita a la Yecla, los buitres ya nos conocen, y se van … volando. Luego en Silos a las vísperas de las siete y quince en un gregoriano rutinario que rezan por la salud y la paz unos monjes mientras Felipe, Heidi e Iris nos esperan a la salida y nos acompañan par ver las casas del pueblo.
De vuelta y de ida, una visita al río Esgueva. Sentados en la ermita del Juncal, por donde da sus primeros pasos, humilde pero con humedad suficiente para insuflar vida a una estrecha rivera que irá tomando forma mientras construye su paisaje a lo largo de los 116 kilómetros antes de entrar triunfal en Valladolid.Nos dirigimos por la ruta del Arlanza, un río de leyenda y vino. Covarrubias y Lerma nos lo confirman. En Lerma nos sorprenden Pilar y Adolfo, dos Servas que nos reconocen mientras hacemos una visita guiada por la ciudad del “duque”. Aquí, en Lerma, no hay crisis vocacional, nos dicen que hay lista de espera para entrar en el colegio de las Clarisas, donde conviven unas 130 con una media de edad de 34 años. Dios debe estar muy cerca o debe “pagar bien” pues de lo contrario no se entiende este fenómeno. Tratando con monjas descubres la generosidad y la buena definición. Íbamos 6 visitas a ver el claustro y dependencias en el colegio-Monasterio de Caleruega y la monja que nos atiende (con acento holandés) nos reduce la entrada en dos unidades porque en el grupo van dos jubilados… (sin palabras). Eso, nos quedamos sin palabras, mas en estos casos prima la cuestión económica y por esta vez pasa.
Las alpacas proyectan sombras y forman ángulos rectos en la Castilla plana, las rectas hileras huellas de las cosechadoras miran a un finito que invita a morder y escuchar los sonidos del agua próxima y limpia. Llega el cierzo, cae la tarde y el camarero vierte la cerveza en un tubo, el cristal suena en la barra de mármol de imitación, los chicos se van a la peña y los grillos entonan su “soul” nocturno. Cuando cerramos la noche vamos a ver estrellas a un descampado en medio de una cañada que está en medio de un bosque que está en medio de ninguna parte. En una noche limpia en Castilla, las estrellas están más cerca que de ninguna otra parte. A veces, sientes deseos de agazaparte, pequeño diminuto animal que te sientes en medio o debajo de esa gran bóveda azul-negra-estelar.
Pero los días son cálidos, si lo son, y un paseo a Caleruega se puede convertir en un viaje al infierno si de las horas altas se trata. Así presentamos el clima a nuestros amigos catalanes Sara y Lluís, un camino sin alforjas sin sombrero y sin trazas. La rusa nos vendió el periódico y el calor nos trajo una cierta mala hostia por no atinar en la decisión ¡hay que salir temprano!
Como cada año no puede faltar la visita a la Yecla, los buitres ya nos conocen, y se van … volando. Luego en Silos a las vísperas de las siete y quince en un gregoriano rutinario que rezan por la salud y la paz unos monjes mientras Felipe, Heidi e Iris nos esperan a la salida y nos acompañan par ver las casas del pueblo.
De vuelta y de ida, una visita al río Esgueva. Sentados en la ermita del Juncal, por donde da sus primeros pasos, humilde pero con humedad suficiente para insuflar vida a una estrecha rivera que irá tomando forma mientras construye su paisaje a lo largo de los 116 kilómetros antes de entrar triunfal en Valladolid.Nos dirigimos por la ruta del Arlanza, un río de leyenda y vino. Covarrubias y Lerma nos lo confirman. En Lerma nos sorprenden Pilar y Adolfo, dos Servas que nos reconocen mientras hacemos una visita guiada por la ciudad del “duque”. Aquí, en Lerma, no hay crisis vocacional, nos dicen que hay lista de espera para entrar en el colegio de las Clarisas, donde conviven unas 130 con una media de edad de 34 años. Dios debe estar muy cerca o debe “pagar bien” pues de lo contrario no se entiende este fenómeno. Tratando con monjas descubres la generosidad y la buena definición. Íbamos 6 visitas a ver el claustro y dependencias en el colegio-Monasterio de Caleruega y la monja que nos atiende (con acento holandés) nos reduce la entrada en dos unidades porque en el grupo van dos jubilados… (sin palabras). Eso, nos quedamos sin palabras, mas en estos casos prima la cuestión económica y por esta vez pasa.
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