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TU OTRO BANCO


¿Crisis, qué crisis?
Cuando hace 10 años vinieron dos “Servas” de Uruguay a visitarnos, los dos son arquitectos, la primera observación que me confesaron fue sobre la infinidad de grúas (ellos le dicen plumas) de construcción que se veían por todas partes. Llegar a un país y ver en el horizonte –decían- un montón de grúas significa que ese país tiene una economía muy activa. Desde aquel momento llevo oteando en cada salida el nivel de grúas/plumas que me hablan sobre la salud económica del país. No ha sido tarea difícil. A cada pueblo mediano, ciudad pequeña, mediana o grande que vas, un incontable número de plumas compiten con las torres, antenas y edificios, otorgándole al paisaje una visión un tanto caótica. Pero tan acostumbrados, hemos dejado pasar desapercibida esa forma de agresión estética a la belleza urbana en pos de ese crecimiento. Tal vez deslumbrados por la ilusión del cambio constante de las paredes, calles, vías, formas`…todo conformando una aventurada arquitectura urbana digna de no sé si de admiración o de asombro. En muchos casos, los alcaldes han aportado calificación y “recalificación” a sus paisajes urbanos y sus cuentas corrientes particulares.
Pero sobretodo la invasión más numerosa de plumas se ha producido en la costa mediterránea. Así hemos visto como en vez de abrirnos al mar, le hemos puesto paredes en forma de falsos miradores y aquellas casitas con colores azules marineros que infundían calma y sosiego a quienes buscaban un paseo o un baño por la playa. Adiós “pescaito”, bienvenida medusa…Busco una orilla del mar y no existe: antes hay un paseo artificial, un paseo para bicis, un parking, una zona de “ocio” con interminables filas de tienda-franquicias, otra fila de restaurantes, otra fila de hoteles, la vía, la autovía, la autopista, el puerto deportivo, los amarres…y cuando consigues ver el mar, dices ¡jo! para esto he venido aquí. Menos mal que a las playas de bandera verde y amarilla les han añadido la azul.
La cultura del chiringuito se sumó a la del ladrillo y como pasa siempre en las economías super-emergentes, el motor principal que mueve las grúas, no es precisamente el mecánico, sino el humano. Por eso, el efecto patera nos ha venido al pelo. Para muchos ha sido un viaje sin retorno, vinieron para vivir y les enterraron en un pozo de incomprensión y sobreexplotación digna (indigna) de una época de esclavitud. Gracias a que el Euro corría con facilidad, todo lo demás se supera.
Periodos antes a la burbuja inmobiliaria, todos estos chicos mayormente han sido quienes han pasado horas y sueños sudados bajo los plásticos infinitos de los invernaderos de Almería.
De repente una crisis. Diremos que ha habido crónica de crisis anunciada, pero que tan saturados de noticias y sorpresas, no le hemos dado la importancia que se merecía. Mejor así. Lo cierto es que de repente, llegan a casa con una hoja de despido, unos euros calientes y para los más “normalizados” la posibilidad de seguir cobrando unos meses más el paro.
Qué ocurrirá cuando se acaba el paro, cuando nadie te contrata, cuando tienes que seguir pagando la hipoteca de 600 Euros, mantener la familia, seguir acoquinando con los gastos domésticos, los gastos de los hijos, qué pasará cuando hayas entregado todos los curriculums y desesperado no suena tu móvil. Qué pasará cuando comiencen a romperse tus sueños, cuando pienses en cambiar de sitio, o de volver…
El director de aquél banco que tan amablemente te hizo sentar para abrir una cuenta corriente, hoy te ha citado para hacerte una aseveración: o pagas o se inicia un proceso de embargo. Entre estos dos “extremos bancarios” has ido manteniéndole (al banco) a base de comisiones, tarjetas y cobros por cualquier, dicen ellos “servicio”.
Yo espero sinceramente que solo sea una baja temporal, unos días de incertidumbre, y que vuelvas soñar, y que te pases por el escaparate que cada día te detienes par mirar esos pantalones que se alejan y se acercan a la medida de los latidos de tu precaria nómina. Que sigas recargando la tarjeta de móvil para poder llamar a tu familia y a tus amigos para decirles –todo va bien-., que tu banco no se convierta en “tu otro banco”.

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